Conocerse a sí mismo

Columna de opinión
Por Guillermo Tobar Loyola Académico Instituto de Filosofía
Universidad San Sebastián, Sede De la Patagonia
05.10.2020

“En cierta ocasión, un belicoso samurái desafió a un anciano maestro zen a que le explicara los conceptos de cielo e infierno. Pero el monje replicó con desprecio: ¡No eres más que un patán y no puedo malgastar mi tiempo con tus tonterías!

El samurái, herido en su honor, montó en cólera y desenvainando la espada, exclamó: Tu impertinencia te costará la vida. ¡Eso —replicó entonces el maestro— es el infierno! Conmovido por la exactitud de las palabras del maestro sobre la cólera que le estaba atenazando, el samurái se calmó, envainó la espada y se postró ante él, agradecido.

—¡Y eso —concluyó entonces el maestro—, eso es el cielo!

Con este relato japonés Goleman -autor del conocido libro Inteligencia Emocional – intenta decirnos que nuestras reacciones, frente a distintos escenarios, responden al manejo de nuestros sentimientos. A veces -como ocurrió con el samurái- nos hallamos cautivos de ellos sin la posibilidad de ser conscientes de su incidencia en nuestro pensamiento y mucho menos de sus consecuencias en nuestras reacciones.

Sócrates sin necesidad de conocer los estudios modernos de psicología, dio en el clavo al presentar el aforismo griego “conócete a ti mismo”. Su revelación fue la clave para poder determinar prudencialmente la reacción adecuada frente a una situación particular. El manejo de nuestras acciones fundamentales no se improvisa. Es fruto de un arduo trabajo formativo y cultural. Cuando falta el conocimiento de sí ocurre que el impulso interior no siempre pregunta antes de actuar, sencillamente lo hace. Solo después de consumado el hecho, en el mejor de los casos, sobreviene el disgusto por lo dicho o por lo hecho.

El conocimiento de sí es mucho más que conocer unos cuantos datos personales: nombre, fecha de nacimiento o color favorito. Conocerse es saber exactamente quiénes somos y qué es lo que nos conviene elegir en cada momento. Frente a la adversidad este conocimiento evita transformarnos en un samurái encolerizado con el resto de los mortales, pero nunca consigo mismo. Con razón para Séneca “no hay viento favorable para el que no sabe a dónde va”.

Lo notable del conocimiento de sí es que nos permite elegir aquello que nos perfecciona como individuo y como sociedad.  En consecuencia, “conocerse a sí mismo” pareciera ser la mejor fórmula para prevenir a nuestro país de algunos samuráis que un día prometen coherencia y al otro se enojan o desconocen lo prometido.

Ninguna cultura seria se edifica sobre la base de la improvisación, el arrebato o el desconocimiento de sí.  La aparición de la cultura romana o la griega, por ejemplo, fue obra no solo de un gobernante o de una elite particular. Fueron fundamentalmente los romanos y los griegos de a pie quienes, en su gran mayoría como fruto de una formación humanista, adquirieron un ethos que les permitió conocer y reconocer a sus gobernantes. Ciudadanos bien formados e informados son los verdaderos artífices de una cultura. Fueron ellos los que descubrieron la virtud o el vicio de sus gobernantes. Incluso cuando estos mentían el ciudadano de a pie los reconocía. Conocerse a sí mismo es de algún modo conocer a los demás.

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