De manera permanente la educación es sinónimo de preocupación. Escuchamos y leemos de su importancia en medios de comunicación, libros, discursos políticos, páginas de internet, organismos internacionales, fundaciones, etc. Autoridades, en ocasiones, atienden las iniciativas que se proponen para mejorar las condiciones educativas invirtiendo en capacitación, recursos digitales, mejoramiento de infraestructura, investigación e implementación pedagógica. Sin embargo, estas medidas que resultan visibles en términos de acción política, no son más que una cuota de calmante para la verdadera herida que se esconde detrás de cada realidad educacional. Y este proceso de crisis sanitaria vivida a nivel mundial no ha hecho más que sacar a la luz situaciones que por años se han palpitado en las esquinas de cada colegio.

Columna de opinión
29.12.2021
Por Nadia Garcés
Profesora, escritora y activista

Lo cierto es que hace bastante tiempo la escuela dejó de responder a la realidad. Como muy bien se ha dicho de manera interminable “jóvenes del siglo XXI están siendo formados por maestros y maestras del siglo XX, con modelos pedagógicos y curriculares del siglo XIX”. Y no es de extrañar, pues la escuela tradicional fue formada para responder a necesidades y requerimientos de sociedades agrarias e industrializadas. Donde su foco era enseñar normas básicas de disciplina, ortografía y algoritmos esenciales que permitieran fabricar empleados y empleadas obedientesa las normas y disposiciones emanadas de sus autoridades. Transformando un sistema educativo en el preámbulo de lo que sería la vida rutinaria de millones y millones de personas. Lo que este sistema prusiano perfectamente diseñado para evitar revoluciones no contempló, es que la sociedad tarde o temprano se aburriría de transitar por las mismas tierras y desearía embarcarse en rumbos aventureros y llenos de esperanza.

Estas profundas transformaciones condujeron a una diversidad de expertas y expertos en materia educativa, política y económica a diseñar un nuevo mapa territorial que abriera espacio a las nuevas aventuras que jóvenes y adolescentes demandaban, entendiendo que estábamos ante el nacimiento de una nueva etapa en la vida humana. Donde se comprende que la escuela sigue envuelta en una rutina administrativa, descontextualizada y estática ante un mundo que nace y crece flexible, diverso y creativo.

El conocimiento mecánico, repetitivo y de memoria se tornó obsoleto hace décadas frente a los sensibles cambios culturales, políticos y económicos. Hoy por hoy tenemos una sociedad que ha encontrado múltiples maneras de archivar la información: celulares, tablet, computadoras, redes sociales, canciones, libros, videos de youtube, entre otros. Contamos con una generación de adolescentes que poseen una red ilimitada de conocimiento tangible, lo que ha hecho totalmente innecesaria la información exacta en el cerebro humano. Una generación que poco le importa cuándo y dónde ocurrió la primera guerra mundial, sino más bien desean entender los procesos sociales, emocionales y psicológicos de las personas que lideraron hechos tan lamentables y profundos.

Por eso es importante transitar a una educación que incorpore de manera urgente aquellos aprendizajes que fueron olvidados y escondidos durante años. Necesitamos educar el amor, la empatía, la relación con nosotros mismos y nuestro entorno. Donde los jóvenes comprendan que el éxito o la felicidad no proviene de conseguir algún bien material en sus vidas, sino más bien de lograr transformarse en la mejor versión de sí mismos para contribuir a un futuro próspero, saludable y sostenible.