La violencia y odio contra las mujeres sigue tan vigente hoy como desde el inicio de la civilización, más de dos mil años de historia masculina plagada de símbolos, guerras, coronaciones y santuarios que sellan una civilización violenta, basada en el dominio y el poder, con una cultura patriarcal fracasada y sin imaginación.
Columna de opinión
13.05.2022
Por Ana González
Presidenta ONG Lideracción, miembro Red Chilena Contra la Violencia hacia las Mujeres
Avanza la tecnología, las ciencias, se moderniza el Estado e irónicamente avanza también nuestra invisibilidad como mujeres, “la no historia” y nuestros cuerpos no siguen siendo nuestros… “nada se ha movido en el reino del patriarcado”.
Desde el feminismo más radical surgen miradas teórica: críticas, conflictivas, sin cortesías ni concesiones, porque cuando se es cortés se está amortizando el lenguaje para seguir concediendo poder y más poder al dominador y con ello se perpetúa el círculo de violencia.
La intolerancia a la diferencia y los estereotipos como la feminidad, diseñada y concebida por la masculinidad, ha sido una de las grandes responsables de la pérdida de sentido y de razón en los grandes atributos de lo humano (pensar y crear), a través de ella las mujeres se han acomodado en un sistema de poder que no le es propio, ni mucho menos natural. No se puede adscribir a una cultura que se basa en la negación de las mujeres, en el maltrato y violencia a ella, en el total sometimiento y dominio. En ese dominio y en esta cultura las que más hemos perdido, sin duda, hemos sido las mujeres porque no hay “nada más arrogante que la masculinidad” concebida para amarse a sí misma, y representarse y construir sobre la base del odio a las mujeres o misoginia.
La cultura dominante ha ejercido tal nivel de dominio que tiene “seguidores”, grandes y pequeños creyentes que amparados en verdades únicas se han tomado la razón, nos han regido y propuesto una vida sin cuerpo, sin voz, sin presencia, sin existencia, sin felicidad, es por eso que las mujeres nos encontramos incómodas en la vida, creyentes de que la felicidad es la entrega sin condiciones, que la felicidad es el amor ciego e incondicional. En ese lugar masculino las mujeres sólo hemos tenido cabida para sentir y perder la cabeza por amor, por los hijos, por los padres, la familia, etc.
Cuando somos invitadas a participar del poder debemos crear personajes ad.hoc a ese sistema “regalonas del patriarcado”, pero no nos invitan a pensar en lo que queremos pensar, ni libremente nos invitan a pensar sobre lo que ya está escrito, sobre lo que ya es ley y funciona. ¿Podemos ser felices así?, esa es la pregunta que debe quedar planteada a nosotros misma y esa es la respuesta que sólo nosotras podemos darnos.
Un atisbo de respuesta está en la urgente necesidad de erradicar la violencia y el odio hacia las mujeres, compartir y crear espacios para tomar decisiones que contribuyan a la igualdad, por eso, sigo con atención el proceso constituyente porque significa un cambio, un avance un nuevo pacto social o una nueva mirada más humana de nuestro país.