Lo que viajar me enseñó sobre bajarse de la rueda

Mi viaje comenzó cuando decidí bajarme de la famosa “rueda”, esa que se usa para ilustrar al sistema orientado al consumo y producción como única posibilidad de existir en la vida. Aún no sé si esto fue un acto de liberación o de cobardía. Una manifestación de mi decisión de no conformarme, o simplemente una forma de huir de lo que no me gustaba. Quizás hubo un poco de ambas. Pero sería sincero de mi parte decir que elegí hacerlo largándome de Chile porque me dolía en lo que se había transformado mi país, porque me tenía aburrida el sinsentido, el hedonismo. Ya no me gustaba en lo que se había transformado mi vida.

Afuera de la rueda lo incierto tomó un lugar protagónico, pero paradójicamente volví a tener algo de poder sobre el transcurso de mis días. Viajé durante meses, descubriendo otros paisajes y culturas, y entonces algo más sucedió. El yo comenzó a perder relevancia.

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A medida que viajaba se desplegaban frente a mi cara no solo las deslumbrantes maravillas de este planeta, sino también los problemas que hemos generado por seguir moviendo esta “ruedita” sin conciencia. Fue como darme cuenta de que había llegado tarde, que incluso la promesa de un mundo para recorrer se había desvanecido.

Caí en cuenta de que hasta los lugares más remotos y hermosos del mundo han sido de alguna forma invadidos y saqueados. Las playas paradisiacas hoy escupen plástico como si estuvieran vomitando. Los corales alguna vez llenos de colores hoy están en la mayoría de los océanos blancos y muertos. Los últimos animales salvajes que sustentan bosques y selvas fundamentales para nuestra existencia están sobreviviendo en islas de territorio que seguimos reduciendo.

Tomé conciencia, con profundo dolor, de que el mundo que me contaron cuando chica ha desaparecido. Detener la rueda me permitió entender las consecuencias de seguir haciéndola rodar, y darme cuenta de que necesitamos empezar a bajarnos todos y rápido.

Lamentablemente esta idea se ha transformado en un cliché, una repetición de palabras de la que huyen los más intelectuales, porque de tanto pronunciarse se ha vuelto carente de sentido y vacía. Pero aunque el concepto se plantee mil veces pocos parecen entenderlo.

Pierde valor cuando se pronuncia desde un escritorio esperando que lleguen las 6 de la tarde mientras nos quejamos. O mientras pedimos la siguiente piscola en el bar de moda, con el iphone de última generación en la mano, vestidos con ropa de la marca de turno que está haciendo tendencia, sabiendo que la desecharemos en dos meses más.

Afortunadamente, llega un punto en el que el hedonismo deja de ser motivación suficiente para permanecer en la rueda, en que los placeres ya no son tan sabrosos. Entonces entendemos que no justifican que todo lo que realmente importa en este planeta esté muriendo a causa de nuestro egoísmo y resistencia a abrir los ojos.

La rueda nos hace creer que hay que subirse, como si hubiera una sola forma posible de transitar las infinidades de la vida. Pero esa forma no solo tiene a la mayor parte de la población con crisis sino que ya no se sustenta.

Hoy me da pena pensar en los niños. Porque me pregunto qué quedará del mundo para ellos. Qué podrán recorrer aquellos que nazcan con sueños de viaje. Qué animales de los que les enseñan en las salas de clases seguirán vivos. Sin embargo, la vida siempre encuentra su camino. La vida sigue y seguirá también sin nosotros.

Podemos empezar a resolver nuestros problemas o podemos seguir moviendo la ruedita. Mientras lo hagamos nos estarán garantizadas las últimas migajas que tiene para dar nuestra civilización. Hasta que eso también se acabe y nos toque aceptar, como especie, que nos equivocamos. Algunos porque tuvimos miedo de bajarnos de la ruedita durante demasiado tiempo, otros porque se negaron a ver y nunca se bajaron, y algunos, esos que llamamos poderosos, porque olvidaron que a pesar de todo siguen siendo humanos.

Constanza De Ramón
Constanza De RamónPeriodista multifacética. Emprendedora, nómade, lectora, amante del planeta tierra y fotógrafa aficionada. La curiosidad no mató al gato.
@cota.de.ramon