Me casé a los veintiséis, celebrando en tiempos que ahora veo lejanos, en un país dormido sin estallido social y sin pandemia. Sin toque de queda, sin aforos. En una calma que no sabíamos que íbamos a echar de menos.
Columna de opinión
08.10.2021
Por Isidora Montecinos
Profesora
Estando en el segundo (y ojalá último) año de pandemia, siento que las relaciones humanas cambiaron. Se quebraron muchas y se fortalecieron tantas otras. Nos damos cuenta de que la gente importante, a la que realmente queremos abrazar, es poca. Nos damos cuenta de que pasado cierta edad, hacer amigos en difícil, encontrar pareja también (¿los mejores meses de ganancias para Tinder, o no?). Evidenciamos nuestros privilegios si pudimos teletrabajar y pedir delivery. Palpamos el dolor de perder a seres queridos o de tenerlos enfermos, y nos enfermó el miedo de contagiarnos o contagiar a alguien cercano.
Por eso, creo que el amor también cambió. No en nuestra capacidad de desarrollarlo, sino en valorarlo.
Valoro cada vez que pude ir a ver a mi mamá y que no se haya enfermado, cada conversación y contención con mi marido, esas llamadas por teléfono con mis amigas, el humor de mis estudiantes a pesar de estar lejos, las risas de mis sobrinos a pesar de estar viviendo una infancia en medio del caos. Valoro el amor a mi alrededor y de poder compartirlo y recordarlo.
En momentos de miedo, es donde salen nuestros deseos más profundos. Esas voces silenciosas que piden a gritos ser escuchadas, la cara de las personas que más quieres, las canciones que te recuerdan una época más alegre, los salvavidas que te mantienen a salvo y la lista de pendientes que te quedan por hacer.
Ojalá que cuando todo esto pase, no se nos olvide lo aprendido ni volvamos a la comodidad del silencio y de esconder los “te quiero”. Dilo, cuando sea, como sea. Nos queda claro que nunca es suficiente y tampoco sabes cuándo será la última vez.