La travesía de Vicente Pérez Rosales al lago Llanquihue
Las primeras referencias sobre el lago Llanquihue, en textos antiguos, las redactó el agente colonizador Vicente Pérez Rosales en sus memorias “Recuerdos del Pasado”. En la década de 1850 era considerado un lugar peligroso, selva a la que ningún occidental había osado entrar. Acompañado de Pichi-Juan, Vicente Pérez Rosales consideró que era una empresa posible de realizar. Motivado por la ambición y la necesidad de encontrar nuevos terrenos para los colonos europeos, emprendió su viaje.
“Impuesto de que, a poco caminar, hacia el SE. de Osorno debía encontrarme en la zona occidental de esa selva cuyo centro ocupaba la laguna de Llanquihue, a pesar de cuanto hizo el gobernador para disuadirme del propósito que concebí de penetrar en ella salí para ese temido lugar acompañado con el señor Frick y con dos indios prácticos”, relató el agente colonizador.
La comitiva alojó en el sector El Burro y al día siguiente en la madrugada penetraron el espeso bosque que Vicente Pérez Rosales describió como, “Aquella ceja de cinco leguas de ancho de un bosque tan espeso que ni las cartas podían leerse a su sombra. Las raíces entrelazadas, los matorrales espinosos, los quilantales unidos a los troncos con poderosísimas lardizábalas, y el piso fangoso y lleno de charcos sobre los que formaban techos hojas podridas que a cada paso nos hundían, opusieron a nuestra marcha a pie la más seria resistencia; pero al fin llegamos, bien que molidos y casi arrepentidos de nuestro jactancioso arrojo, al lugar de nuestro destino, al cabo de siete horas de la más endiablada brega”.
Sin embargo todo su malestar y cansancio se tornó alegría y entusiasmo al salir de la oscura selva, al agente colonizador se le presentó el más espléndido panorama: “Fue aquello como alzar un telón de teatro que transforma en el cielo una decoración de calabozo. Encontrábame como por encanto en la margen occidental del lago de Llanquihue que, semejante a un mar, ocultaba las brumas del norte y del sur el término de las limpias aguas que, tranquilas entonces, parecía que retozaban a mis pies por entre las raíces de los robustos árboles que orlaban la playa donde nos detuvimos”.
“La pura atmósfera del oriente hacía resaltar con el azul del cielo lo más delicados perfiles de las últimas nieves que coronaban las alturas del Pullehue, de Osorno y de Calbuco, conos volcánicos que alzándose al poniente del Tronador, de donde se desprenden, parecía que alineados se miraban en las aguas del lago”, sincera expresión de admiración retrata en sus memorias el ambicioso aventurero.
Sin embargo el joven santiaguino, con estudios en París, no podría haber logrado, si quiera asomarse a tan enorme selva sin la compañía y ayuda de un indígena.
“Acompañábame un tal Juanillo o Pichi-Juan, indígena borrachón conocido como práctico de las más ocultas sendas de los bosques, y genealogista, además de atestiguar a quién sus antepasados pertenecían los terrenos que solían adquirir a hurto los valdivianos. Aseguróme Pichi-Juan que no nos moriríamos de hambre, y en cuento no más concluyó de formarme con su machete una cómoda enramada, hizo fuego y se alojó para volver un cuarto de hora después con gran cantidad de avellanas y cinco panales de riquísima miel que había sacado de las hoquedades de los árboles. El suelo de los contornos del lago se encontraba, textualmente hablando, empedrado con avellanas y miel en todas partes”, comenta Vicente Pérez Rosales en sus escritos, develando la gran capacidad recolectora de alimentos en el bosque por parte de los williches.
Como los caminantes no pudieron avanzar por la orilla del lago Llanquihue, elaboraron una canoa con un tronco carcomido. Provistos de cascarones de árbol como remos Guillermo Frick y Vicente Pérez Rosales, junto a quienes llamaban “indios prácticos”, surcaron las aguas del escondido, hasta entonces, lago.
“Todo favoreció al principio esta singular calaverada. Radiaba con todo su esplendor el sol de la mañana, ni la más leve brisa perturbaba la luna del verdadero espejo sobre el que navegábamos, así es que, salvo el cansancio que nos dio el hacer andar con tan buenos remos nuestro hueco tronco, doblamos sin novedad al cabo de dos horas la puntilla que impidiéndonos el paso nos ocultaba el más pintoresco y agreste puerto de aquel pequeño mar Mediterráneo”, narra en sus memorias.
Las profundas aguas, los fuertes vientos y el tupido bosque que se adentraba no tardaron en agotar a los expedicionarios. Las palabras del autor de Recuerdos del pasado ejemplifican la violencia de los fuertes vientos en el Llanquihue.
“Cruel noche nos esperó por cierto. Mojados estábamos, sin fuego y sin abrigo, porque nos encontrábamos en un ribazo y el agua, recibiendo directamente el aire que nos venía de la cordillera, y sin más camas que hojas de nalca colocadas sobre el puntiagudo ripio de playa pasamos aquella noche de recuerdos. La hoja de nalca o pangui, como la llaman en el norte, excede en tamaño los límites de la ponderación en el Llanquihue. Las hojas que desprendimos de una nalca que se alzaba al pie del ribazo de los náufragos fueron medidas por el ingeniero Frick a mi vista. Solo los brazos podían, es cierto, servirnos de vara en nuestro alojamiento, y una de las hojas midió tres varas y cerca de cuarta de diámetro; lo cual, referido por mí después, no atrenviéndose a decirme mentía el bueno interlocutor, improvisó la palabra poesía no tienen más que alejarse un poco de Puerto Montt por el camino del Arrayán, y verán sobre el corte transversal de un alerce colocado en alto el más poético jardín”, refiriéndose en este último párrafo al actual sector de Alerce.
Al amanecer un indígena que los estaba buscando les informó que no estaban lejos de su primer alojamiento, retornaron a El Burro y de allí a Osorno, con la cabeza “llena de proyectos”, explica el agente colonizador en sus “Recuerdos del pasado”.
“En mi tránsito ofrecí a Pichi-Juan treinta pagas, que eran entonces treinta pesos fuertes, porque incendiase los bosques que mediaban entre Chanchán y la cordillera, y me volví a Valdivia a calmar el descontento que ya comenzaba a apoderarse de los inmigrantes, los cuales no sabían qué hacer de sus personas en el provisorio alojamiento donde por falta de terrenos les había dejado yo”, enfatiza en el relato.
Según Pérez Rosales su llegada produjo un inmediato repartimiento de los terrenos baldíos de Osorno y La Unión. Así mismo, se deslumbró fuertemente con la llegada de acaudalados inmigrantes que habían comprado sitios y estancias en las cercanías de Valdivia, confiados que pronto se abrirían los caminos que a nombre de gobierno había ofrecido. Esta historia continuará…
