Las paredes hablan. Hablan por medio de quienes escriben en ellas.“La naturaleza nos protege si la protegemos”, dijo Tremendo. Si no lo hacemos, nos destruye. En el intento por someterla, perecerá la pequeñísima historia de la humanidad relativa a la vida de la madre Tierra. Porque a estas alturas, ya podemos declarar sin miedo a la hoguera, que no fue en el séptimo día cuando Dios nos creó. Se tardó bastante más. Como 4.000 millones de años más, se estima.

La historia en perspectiva es clave para ampliar nuestra visión. En alguna parte de esa historia, empezamos a creer que los seres humanos somos capaces de someter a la naturaleza. La naturaleza no puede ser sometida porque de ella venimos, y de ella dependemos. En algún momento nos olvidamos como humanidad de esto. Como los seres humanos somos reflexivos, nos definimos a diario por nuestro comportamiento, el cual cambia constantemente. Por tanto, no podemos decir tal cosa como que la humanidad es un virus, pero si que se comporta como uno. Solo un virus busca la destrucción de su medio, y eso es lo que estamos haciendo.

Estamos sobre explotando nuestro medio, el capital natural que permite nuestras vidas y sobre todo la vida de los por venir. Estamos cortando más árboles, pescando más peces, aniquilando más animales, que los que se reproducen, contaminando los océanos, el agua y la tierra, y emitiendo más dióxido de carbono a la atmósfera de lo que la Tierra puede absorber. Lo hacemos para producir más y poder comprar más al amparo del crecimiento económico. Excusa, que nos mantiene en un circulo destructivo pagado en cuotas o al contado.

Sin embargo todo está sujeto a cambio, nuestros comportamientos también. Si existe esperanza, si existe coherencia, si existe una acción subversiva por excelencia, que de esperanza, que demuestre coherencia con el cuidado de nuestra naturaleza en el actuar es dejar de comprar. Sí existe esperanza. Basta de vendajes para solucionar hemorragias internas, al meollo del asunto. Basta de la suciedad de consumo. Al comprar cada producto que sin consideración compramos, consideremos que cada bien de consumo es producto de nuestra Tierra a la que tanto hablamos de cuidar. Mejor dejemos de comprar.

“Toda necesidad tiene un ego que alimentar”, advirtió Bob Marley. Tomémonos en serio el problema ecológico. Observamos a diario noticias sobre los mayores incendios de la historia, los mayores huracanes de la vida, históricos glaciares quebrajándose, inundaciones, des forestación, exterminio, contaminación. Pero no lo incorporamos como nuestro problema o nuestra responsabilidad. Acusamos a los gobiernos y a los políticos de no responder. Nos quejamos de ellos exclamando ¡Deberían hacer algo! ¿Ellos deberían? Ellos están muy ocupados; absortos por el poder de sus cargos. Nosotros somos los únicos que podemos evitar el deterioro del planeta. Ellos, tú y yo. Todos nosotros. Esta es una lucha individual, luego colectiva.

“Hay quienes luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchas muchos años y son muy buenos, pero hay quienes luchan toda la vida, esos son los imprescindibles”, dijo Bertolt Brecht. Y parafraseó Silvio Rodríguez antes de soñar con serpientes. Quienes luchan toda la vida son los imprescindibles.

La lucha pasa a ser, entonces, la vida. La lucha es, sin embargo, comprensión y acto. Se transforma en la vida la lucha contra lo prescindible, no como aquellos que luchan toda la vida. La lucha primordial es controlar lo que está a nuestro alcance inmediato, como el uso de nuestra billetera. Nuestros hábitos de consumos fuera de control alimentados por nuestros egos, nos llevan a consumir más de lo que necesitamos al mismo tiempo en que a otros humanos no les alcanza para subsistir.

Finalmente el asunto resulta con distintas caras de la misma moneda. La avara respuesta es apuntar a crecer para que así todos podamos derrochar, pero si todos tuviéramos la capacidad de malgastar que tiene la élite del ABC1, hace largo tiempo que viviríamos bajo escombros. La economía ortodoxa nos ha hecho pensar que el consumo es igual a bienestar, y nos insta a competir por el. La publicidad nos ha hecho pensar que el consumismo es capaz de destapar la felicidad y nosotros llegamos a creerles.

Pero la felicidad no se compra, ni menos se destapa. Destapamos contaminación, derivo de recursos a grandes compañías transnacionales en desmedro de los locales, hasta diabetes, pero no felicidad. La felicidad la alcanzamos controlando nuestros hábitos, y los prioritarios a controlar en aras de la conservación del planeta, la humanidad y toda forma de vida terrestre, son nuestros hábitos de consumo. La naturaleza es más que el medio en el que vivimos, es la fuente de la vida misma. No será sometida ni destruida, nosotros lo seremos. Decía otra pared por ahí citando a Nicanor Parra,“El error consistió en creer que la Tierra era nuestra, cuando la verdad de las cosas es que nosotros somos de la Tierra”.

 

Andreas Aron Winkler
Andreas Aron WinklerColumnista Diario Puerto Varas
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