Los sucesos políticos recientes me llevan a una reflexión más allá de la economía. Llegar al progreso costó, pero no es lo único que nos ha costado.

Columna de opinión
29.10.2021
Por Carolina Peralta

La restauración de la democracia fue un proceso que todos los habitantes del país sobrellevamos. Nos apretamos el cinturón, vivimos los cambios para una economía sólida y sufrimos las miserias que ahora pretenden volver a regalarnos. Soñamos con un Chile manejado por nosotros mismos y durante 30 años lo logramos. Pero nos descuidamos.

Me sorprende que los que se arrogaron la “lucha para volver a la democracia” sean los mismos que la quieren destruir. No lo dicen, pero basta ver el comportamiento de la Convención Constitucional en el simple acto de no dar la palabra o un minuto de silencio a todos por igual para ver que la democracia está en juego.

El centro ciertamente es lo mejor para la armonía, pero toda acción tiene una reacción y cuando la violencia, la quema de personas, los asesinatos y el robo en todas sus expresiones no solo amenazan, sino que se palpan cada día sin ningún contrapeso de la ley que debe proteger a quienes no cometemos crímenes, ese centro se transforma en un privilegio que pudimos gozar en tiempos que se sienten demasiado distantes.

La democracia requiere paz y libertad y un solo golpe de tinta en un papel puede determinarlo todo.

Vaya a votar si quiere cambios. Si quiere menos políticos que alimentar y más transparencia, vote por menos Estado y más eficiencia. Si quiere lo contrario vote al revés.
Si no quiere que leyes necesarias 15 años atrás sigan durmiendo, vote por quien haya peleado por ellas. Entregue bien su esfuerzo. Olvide a políticos incumplidores, y a los nuevos, véales su historia y capacidades. La historia real, no la oficial.

El romance se apaga y la realidad nos cae en los bolsillos y posibilidades, palpable y brutal a pesar de la plata dulce.

Las obligaciones no son entretenidas, no nos dan todo de un golpe, pero con constancia comemos decentemente, nos damos gustitos y cubrimos necesidades. La dignidad no viene de afuera sino de nuestro caminar sólido por la vida.

Esta fiesta la pagaremos nosotros. No el vecino, el político o el extranjero. Nosotros firmamos nuestra propia sentencia, pues jugamos no solo con la economía sino también con la conciencia, la mente misma, el futuro de nuestros niños. Jugamos en rigor, con nuestra libertad de elegir.