“El machito no iba a querer pedir disculpas” termina diciendo la apoderada al finalizar la reunión. Y es que entregar una opinión tan categorizadora y probablemente sostenida en una frustración a raíz de una vivencia personal, no hace más que hacernos un llamado urgente a reflexionar sobre nuestro comportamiento.
Columna de opinión
13.09.2022
Por Nadia Garcés Montes
Profesora y Encargada de Convivencia Escolar
En las escuelas y liceos aún prevalecen lógicas de hace más de 100 años y, querámoslo o no, nuestras acciones muchas veces responden a estos modelos que mantenemos arraigado, aún cuando la sociedad ha ido cambiando. Todavía se mantienen normas absurdas, formas de enseñar obsoletas, geografía de la sala, manera de vestir, formas de castigo que no dialogan con el sentir y experiencia de las nuevas generaciones y de sus derechos como niñes y jóvenes. Y en cuanto a temas de igualdad de género también nos hemos quedado en el pasado, a pesar de pequeños avances, estos no están siendo suficientes.
La creación del patriarcado se fundamenta históricamente en que las mujeres quedan subordinadas a un papel secundario dentro de la sociedad. Esta arbitrariedad cultural, entendiendo categóricamente este origen, se traduce en formas de ver y comprender el mundo, lo cual delimita las acciones en la vida de una u otra forma. En este sentido la vida es vista y entendida desde un observador y actor masculino. Y la escuela muchas veces no está lejos de esto. Ahora bien, es importante precisar que el patriarcado como tal no es meramente entendido desde el área de la masculinidad de por sí, si no que en el contexto hegemónico que se establece desde una posición dominante.
Es de esperarse que si vivimos en un mundo patriarcal las escuelas también lo sean, no solo en el ámbito de los contenidos y/o procesos formales académicos, también en las relaciones interpersonales o sociales que se generan dentro del contexto educativo. Considerar que alguien debe obedecer simplemente porque existe un rol jerárquico, es seguir enraizado en contextos patriarcales. Prohibir que estudiantes no vayan con maquillajes, petos o short, es simplemente enmascarar un sentido machista justificado a través de normativas que supuestamente deben cumplirse en educación, las cuales nada bien le hacen a las nuevas generaciones.
Hoy, quienes trabajamos en educación, particularmente la pública, tenemos la oportunidad de influir como un rol constructivo y socializador importante, pero no como dueños de la verdad. Ante ello, es urgente transitar por rumbos de deconstrucción personal y social, lo cual nos permita enfrentar la realidad educativa de otra manera. La escuela puede ser un escudo, un lugar protegido y a la vez un lugar de crítica y construcción de nuevas formas de socializar, sobre todo las relaciones interpersonales sin sesgos de género, sin aquel adoctrinamiento cultural que ya conocemos y que produce tanta violencia.