A medida que maduramos, nos familiarizamos cada vez más con el sentimiento de nostalgia, que es la melancolía o añoranza que experimentan las personas cuando se separan de lugares o personas queridas.

Columna de opinión
26.01.2022
Por Jason Angress
Coordinador de Educación Socioambiental
Fundación Legado Chile

Nos cuesta un poco más reconocer otro sentimiento relacionado, la solastalgia. Este término, también llamada eco-ansiedad, refiere a la angustia que sienten las personas al ser testigos de cambios drásticos en su entorno inmediato. Los síntomas de solastalgia tienden a experimentarse de forma crónica ya que estos sentimientos de angustia pueden ir y venir, pero no tienden a aliviarse rápida o fácilmente y no son transitorios como suele pasar con la nostalgia.

Si bien se han expresado ideas similares a lo largo de la historia, el filósofo Glenn Albrecht acuñó el término solastalgia por primera vez en 2003 en la Conferencia de Ecosalud en Montreal, Canadá. Comentó que, pese a que uno u otro problema medioambiental podría ser abordado a través de la colaboración entre países e instituciones, estamos viviendo una curva pronunciada, y tal vez irreversible, en el curso de degradación ambiental del planeta. Nos damos cuenta de que nuestra casa común está cambiando frente a nuestros ojos, lo queramos o no.

Observando este trayecto desde el ámbito de la pedagogía, nos preguntamos ¿qué impacto podría tener esta sensación de solastalgia en el desarrollo personal de los niños y niñas? ¿Qué pasa en aquellos estudiantes que sufren de un miedo crónico al cataclismo ambiental? Y, como educadores, ¿cómo deberíamos reaccionar frente los resultados de estudios que advierten que informarse sobre el cambio climático causa una ansiedad generalizada y profunda en los niños, niñas y jóvenes, resultando en que el 75% de aquellos encuestados dicen que “el futuro es aterrador’’?

Parece que se ha formado un círculo vicioso: la ansiedad se convierte en depresión, la que provoca inacción, lo que a su vez alimenta la ansiedad. Eventualmente, se vuelve evidente para nuestros hijos e hijas que un discurso de esperanza, por sí solo, no puede brindar suficiente protección contra los crecientes riesgos del cambio global. Como dijo Greta Thunberg a la ONU en Nueva York en 2019, ‘’Ya no podemos dejar que la gente en el poder decida qué es la esperanza. La esperanza no es pasiva. La esperanza no es bla, bla, bla. La esperanza es decir la verdad. La esperanza viene de la acción. Y la esperanza siempre viene de la gente”.

En su libro ‘’Esperanza Activa: Cómo afrontar el lío en el que estamos metidos sin volvernos locos’’, la activista y educadora Joanna Macy (2012) dice que se requiere mover las intenciones ‘’esperanzadoras’’ de un estado pasivo, donde esperamos a que alguien más asuma la tarea de abordar el problema, a un proceso activo de adaptación y cambio de conductas en respuesta al cambio climático.

Si bien el camino es nebuloso, encontramos consuelo en el hecho de que estos temas están siendo conversados entre organizaciones y profesionales de la pedagogía a lo largo del mundo, destacando el rol de los y las educadores en combatir la solastalgia.

Gracias al trabajo de tantos grandes educadores que nos precedieron, ya tenemos una guía de hacia dónde enfocar nuestro trabajo. Sabemos que el desarrollo de un sano sentido de agencia (la percepción que uno tiene sobre su capacidad para influir en el mundo que le rodea), es esencial para que una persona participe en iniciativas locales y se convierta en un verdadero agente de cambio.

Los educadores ambientalesson aquellos que están liderando un movimiento creciente en muchos lugares, para reconocer la magnitud del problema, y dirigir la ansiedad hacia la acción. Estas personas dedican sus energías para facilitar un acercamiento hacia el entorno natural, a la vez que llaman la atención sobre las amenazas que afectan la biodiversidad local, así como las oportunidades para ser parte de la solución en una escala comunitaria.

Ser educador o educadora ambiental significa trabajar por esta transformación, despertando el amor por la naturaleza que vive dentro de cada uno y una, dando un contexto para las fuertes emociones provocadas al ser testigo de la destrucción del medio ambiente, y aumentando el sentido de agencia de las personas para buscar las soluciones para los problemas socioambientales locales y globales.

Hoy, en este día mundial de la educación ambiental, desde Fundación Legado Chile mandamos un gran saludo a todas aquellas personas que se dedican a fomentar el cuidado del medio ambiente dentro de sus comunidades a través de actividades educativas ligadas a la naturaleza.