Cada 11 de febrero se conmemora el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, fecha proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas. Más allá de reconocer las contribuciones femeninas en el ámbito científico, este día invita a la reflexión sobre las acciones necesarias para fomentar una mayor participación de las mujeres en la ciencia, donde aún persisten significativas brechas de inequidad. Es crucial abordar los sesgos de género presentes en la educación y promover una formación equitativa que impulse el desarrollo de hombres y mujeres, contribuyendo así a una sociedad más justa y con igualdad de oportunidades
17.02.2025
Por Rolando Poblete Melis
director Magíster en Gestión de la Educación Inclusiva UST
Embajador Proyecto InEs Género
Columna de Opinión: Mujer y la Niñas en la Ciencia
La Asamblea General de las Naciones Unidas declaró el 11 de febrero como el Día Internacional de las Mujeres y las Niñas en la Ciencia. Reconocer el aporte que las mujeres realizan a la investigación y desarrollo científico sin duda es relevante, sin embargo, también es una oportunidad para preguntarnos qué podemos hacer como país para incrementar la participación femenina, en un área en la cual las brechas dan cuenta de una profunda inequidad.
En efecto, los datos en torno a la cantidad de proyectos científicos liderados por mujeres, o la publicación en revistas de alto impacto, evidencian que están subrepresentadas, siendo la presencia masculina mucho más alta. A lo anterior debemos sumar lo que se conoce como “segmentación horizontal”, vale decir, la concentración en determinadas áreas del conocimiento, que se corresponden, habitualmente, con carreras de las ciencias sociales, educación, humanidades y otras que cuentan con menor valoración social y, también, más bajas remuneraciones.
Diferentes estudios dan cuenta de la presencia de sesgos de género en los procesos formativos, lo que se traduce en estimulaciones diferenciadas para hombres y mujeres en la sala de clases. Así, los hombres son mayormente retroalimentados en matemática y ciencia, mientras que las mujeres lo son en lenguaje, lo que finalmente termina incidiendo en sus rendimientos académicos y decisiones vocacionales y, por cierto, en los aportes científicos que puedan realizar.
Aunque son múltiples los desafíos que se deben abordar para resolver esta situación, no cabe duda que las universidades, y particularmente las facultades de educación, tenemos una gran responsabilidad en la formación de profesionales con conciencia en torno a sus sesgos de género, que también cuenten con herramientas para promover una educación equitativa que permita el igual desarrollo de hombres y mujeres. Así, no solo contribuiremos a aumentar y visibilizar la participación de más mujeres en las ciencias, sino también a una sociedad más justa en que todos y todas tienen las mismas oportunidades de desplegar sus capacidades.