Esta columna de opinión de Richard Paredes Hernández, director de carrera del área de Turismo del Instituto Profesional Santo Tomás Puerto Montt, reflexiona sobre los límites entre libertad y responsabilidad en el turismo actual. A partir de hechos recientes, el autor plantea la urgencia de fortalecer el buen turismo en Chile, promoviendo el respeto por las áreas protegidas, las comunidades locales y el patrimonio natural.
30.01.2026
Por Richard Paredes Hernández
Director de carrera área de Turismo
del Instituto Profesional Santo Tomás Puerto Montt.
Columna de Opinión: No todo el que nos visita es turista
Chile se ha posicionado, con razón, como un destino privilegiado por su diversidad natural. Parques, santuarios, humedales, fiordos y áreas costeras únicas atraen cada año a miles de visitantes que buscan experiencias auténticas, contacto con la naturaleza y paisajes maravillosos. Sin embargo, no todo turismo es “buen turismo”, y no todo visitante merece ser llamado turista.
Los recientes episodios de personas ingresando a zonas protegidas con motos de agua no son una simple anécdota veraniega ni un “error de criterio”. Son una señal de alerta. Reflejan una forma de viajar que entiende el territorio como un parque de diversiones sin reglas, donde el placer individual se impone por sobre el respeto al entorno, a las comunidades locales y al patrimonio natural que pertenece a todos.
Viajar implica goce, descubrimiento y experiencias memorables, pero también conlleva responsabilidad. El buen turismo, ese que Chile necesita y debe proteger, es aquel que logra un equilibrio entre el disfrute y el cuidado, entre la aventura y el respeto. No se trata de prohibir la experiencia, sino de comprender que existen lugares donde la huella humana debe ser mínima, consciente y regulada.
El ingreso de motos de agua a áreas protegidas no solo provoca daño ambiental directo, ruido, alteración de fauna, erosión y contaminación, sino que además transmite un mensaje peligroso: que las normas son opcionales y que la naturaleza está al servicio del capricho de quien puede pagar por una experiencia extrema. Ese mensaje erosiona años de trabajo en educación ambiental, turismo sostenible y construcción de una gobernanza territorial responsable.
Cuidar los territorios no es solo tarea del Estado. Es una responsabilidad compartida. Denunciar malas prácticas, exigir el cumplimiento de las normas, apoyar a emprendimientos turísticos responsables y educar desde lo cotidiano son acciones concretas que fortalecen una cultura de respeto. El silencio o la indiferencia frente a estos hechos también tienen consecuencias.
Chile no necesita turistas que confundan libertad con abuso, ni visitantes que ignoren deliberadamente las reglas básicas de convivencia ambiental. No necesitamos ese tipo de turismo. Lo que sí necesitamos son viajeros conscientes, operadores responsables, comunidades empoderadas y un Estado presente. Necesitamos un turismo que entienda que la verdadera experiencia no está en dominar el territorio, sino en aprender a habitarlo, aunque sea por unos días, con humildad.
Defender el buen turismo no es ser excluyente. Al contrario, es proteger su futuro, porque cuando un ecosistema se daña, cuando una comunidad se cansa, cuando un destino se degrada, todos perdemos. Y entonces ya no habrá paisajes que admirar ni experiencias que ofrecer.
No queremos turistas como los de las motos de agua. Queremos viajeros que entiendan que el privilegio de estar en un lugar único conlleva una obligación básica: respetarlo.