Cuando emprender es resistir: la historia de Myriam en Tulahuén destaca la fuerza de las mujeres rurales en Chile. Desde la árida cordillera de Coquimbo, Myriam Pizarro ha construido su independencia a través de la producción artesanal de quesos y otros productos caprinos. Su historia refleja cómo el apoyo financiero y el acceso a oportunidades pueden transformar la vida de mujeres rurales que impulsan la economía local. En el marco del Día Internacional de las Mujeres Rurales, Fondo Esperanza reafirma su compromiso con el desarrollo inclusivo y el emprendimiento femenino.

09.10.2025
Por Sandra C. Contreras

En las tierras áridas de Tulahuén, cordillera de la región de Coquimbo, Myriam Pizarro ha dedicado su vida a la crianza de cabras, un oficio que heredó de sus padres y que se ha convertido en su forma de vida, sustento y pasión. Desde pequeña aprendió a cuidar a los animales, a conocer sus tiempos y necesidades, y a aprovechar al máximo cada recurso que el entorno le entrega. Hoy cuenta con más de 100 cabras, una labor que implica esfuerzo diario, pero que le otorga la independencia que tanto valora.

Emprendimiento femenino con identidad local

Su emprendimiento es la producción y venta de quesos tradicionales y con hierbas, yogur, manjar, licor de leche y charqui, todo de cabra. “Mis productos son 100% naturales, porque las cabras se alimentan de la hierba del lugar. No uso conservantes ni preservantes, lo que los hace más saludables”, comenta con orgullo. A diferencia de muchos crianceros que venden su producción a intermediarios, Myriam prefiere ofrecer sus productos directamente al público en las ferias locales, asegurando calidad y un precio justo para ambas partes.

Historias como la de Myriam demuestran que, con las herramientas adecuadas, las mujeres rurales son un motor clave en el desarrollo económico y social de sus comunidades. Apoyarlas es necesario para construir un futuro más próspero e inclusivo, en especial con acceso a inclusión financiera ajustada a sus necesidades: “Gracias al apoyo financiero que he recibido he comprado materiales de construcción para arreglar las instalaciones. Nosotras como mujeres guerreras, luchadoras, podemos hacer este trabajo o cualquier otro”, dice con orgullo.

Y es que a pesar de ser esenciales para la economía global, a menudo enfrentan desigualdades en el acceso a tierras, a financiación y en la toma de decisiones, por ello la importancia de poner a su disposición servicios y productos financieros que les permitan continuar su emprendimiento agrícola, pues también más de la mitad de los alimentos que consumimos en el mundo tienen el sello invisible de las mujeres rurales, según la FAO, pues ellas representan el 43% de la mano de obra agrícola. En América Latina no es la excepción, ya que es la única región del mundo donde ha aumentado en los últimos veinte años pese a que sólo reciben el 10% de los créditos, según la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, (FAO).

Es así como apostar por las mujeres rurales es invertir en progreso económico y social como lo ha hecho Fondo Esperanza con un servicio microfinanciero solidario enfocado al emprendimiento en sectores vulnerables: microcrédito, capacitación, generación de redes de apoyo e inclusión digital desde hace 23 años en los que ha apoyado a más de 660 mil microemprendimientos, donde el 78% de ellos son liderados por mujeres.  Fondo Esperanza pertenece a la Fundación Microfinanzas BBVA y a la Fundación Hogar de Cristo.