El Divino Anticristo llega al Centro de Arte Molino Machmar (CAMM) de Puerto Varas este jueves 23 de julio con una propuesta teatral escrita y protagonizada por Mateo Iribarren, inspirada en la vida de José Pizarro Caravantes, el icónico personaje del Barrio Lastarria. La obra aborda temas como la marginalidad, la salud mental, la libertad y la identidad chilena, invitando al público a reflexionar sobre uno de los personajes urbanos más emblemáticos del país a través de una puesta en escena que combina humor, memoria y una mirada profundamente humana.

21.07.2026
Por Paula Cárdenas Matzner

El próximo jueves 23 de julio llega a Puerto Varas “El Divino Anticristo”, la obra de teatro escrita y protagonizada por el destacado actor y dramaturgo chileno Mateo Iribarren, quien decidió construir una pieza artística que rinde honores a uno de los personajes urbanos más icónicos, enigmáticos y queridos de las últimas décadas en Santiago: José Pizarro Caravantes.

Su presencia fue parte fundamental del paisaje cultural de los barrios Lastarria, Bellas Artes y Portugal. Más allá de ser considerado un simple “vagabundo”, el Divino Anticristo era un filósofo de la calle, un escritor autoeditado y un rupturista estético.

Hoy, a casi nueve años de su fallecimiento, su legado sigue dando de qué hablar en las tablas a través de una obra que busca entender cómo este personaje pasó de la marginalidad de la calle al imaginario artístico nacional. Tras una profunda investigación de los panfletos y un detallado análisis de caracterización de José Pizarro, Iribarren construyó un montaje que combina humor ácido, memoria y una mirada profundamente humana sobre Chile.

Pese al tono hilarante, la obra no busca caricaturizar al Divino Anticristo, sino humanizarlo y explorar su mente antes y después de su quiebre mental. No obstante, en el escenario no está solo, la dramaturgia le asigna una compañera de ruta: Lily, un personaje callejero inspirado en “La bailarina del Bella”, un recordado personaje del Barrio Bellavista que fue víctima de un trágico asesinato en la vida real.

En conversación exclusiva con Iribarren, el dramaturgo profundiza sobre su relación con el personaje, la representación de la “esquizofrenia chilena” en un ícono urbano y el diálogo de una obra inspirada en historias santiaguinas con la idiosincrasia de Puerto Varas y el sur de Chile.

El Divino Anticristo es, quizás, uno de los personajes urbanos más icónicos de Santiago ¿Cómo fue tu primer encuentro real con él y en qué momento decidiste que su vida debía ser llevada a los escenarios?

 

Como tantos santiaguinos, el Divino Anticristo me salió al paso antes de que yo lo buscara. Uno caminaba por Lastarria y ahí estaba, con su falda larga, su pañuelo en la cabeza, vendiendo sus escritos en la vereda, recitando frases que parecían disparates y que después, en la noche, se te quedaban dando vueltas. Ese es el primer encuentro de todos, el del transeúnte que mira de reojo.

El encuentro real, el que importa, vino después, cuando me puse a leer sus textos. Ahí descubrí que detrás del personaje callejero había una voz, una escritura y una visión del mundo. Entendí que no había que inventar nada, que el material dramático ya existía, que José Pizarro había escrito su propia obra en las calles durante décadas y que lo único que faltaba era alguien que la recogiera. Cuando murió, en 2017, sentí que Santiago había perdido a uno de sus autores sin saberlo, y que el teatro tenía una deuda con él. La obra nació de esa deuda.

Muchos veían en él sólo locura, mientras que otros lo consideraban un filósofo o una artista contrahegemónico. Desde tu perspectiva ¿Dónde terminaba la esquizofrenia y dónde empezaba la genialidad?

 

Yo desconfío de esa frontera, y la obra también. El Divino Anticristo es el espejo de la esquizofrenia chilena, no es hombre ni mujer, no está loco ni cuerdo, y en esa indefinición está su potencia. Nosotros vivimos en un país que se cree racional, que funciona con números, reglas y fachadas, y que sin embargo carga una locura histórica profunda, una violencia que preferimos no mirar. Frente a eso, el Divino hizo algo que muy pocos se atreven a hacer, rompió las cadenas de un mundo pequeño burgués que lo contenía y decidió vivir en la calle como un acto de libertad.

¿Eso es enfermedad o es lucidez extrema?

Probablemente las dos cosas a la vez, y ahí está lo interesante. Su delirio le permitía decir verdades que los cuerdos no podíamos decir. La obra no es un diagnóstico, la obra escucha. Y cuando uno escucha de verdad los textos de la obra, la pregunta se invierte, uno termina preguntándose si los locos no seremos nosotros.

Uno de sus elementos característicos era el carro de supermercado lleno de “tesoros” e ideas. En la obra ¿cómo dialoga la escenografía y el espacio físico con ese desorden mental y material que él habitaba?

 

El carro de supermercado era su casa, su biblioteca, su archivo y su altar, todo al mismo tiempo. Escénicamente, ese desorden no se ilustra, se habita. El espacio de la obra trabaja con esa lógica de acumulación, de tesoros y desechos que conviven sin jerarquía, porque así también funcionaba su cabeza, donde una cita bíblica podía convivir con un insulto, una profecía con un aviso comercial. No quisimos ordenar lo que él nunca ordenó. La escenografía es la calle hecha interior, un territorio precario que, sin embargo, tiene sus propias leyes. En ese terreno el desorden material y mental son la misma cosa, son la forma que tomó su libertad. El público entra en ese mundo y al principio ve caos, pero si se queda, si escucha, empieza a descubrir que ese caos tiene una música, una lógica secreta, y ese descubrimiento es el viaje de la obra.

Esta es una historia que está muy ligada al contexto santiaguino, específicamente al Barrio Lastarria. ¿Cómo resuena la obra cuando sale de Santiago y se presenta ante el público del sur de Chile, en un entorno tan distinto como el de Puerto Varas y el CAMM?

 

Uno podría pensar que el Divino Anticristo es un personaje intransferible, que sin Lastarria, sin el centro de Santiago, la obra pierde su territorio. Ha pasado exactamente lo contrario. Porque el Divino no es un tema santiaguino, es un tema humano. La marginalidad, la locura, la libertad, la violencia con que una sociedad expulsa a los que no calzan existe en todas las ciudades de Chile, con otros nombres y otras esquinas. Cada pueblo tiene su loco lúcido, su personaje de la calle que todos conocen y nadie mira. Cuando la obra llega al sur, el público no ve a un vagabundo ajeno, reconoce a los suyos.

Y hay algo más. Presentarla en un espacio como el CAMM, en Puerto Varas, con ese entorno de agua y volcanes tan distinto al cemento del centro, produce un contraste que le hace bien a la obra, la despoja de lo anecdótico y deja a la vista lo esencial, un ser humano hablándole a su país. El Divino caminó kilómetros con su carro y llegó a pie hasta Los Andes, era un peregrino. Que su historia siga viajando por Chile me parece la manera más justa de honrarlo.

Fecha, horario y entradas para la función en Puerto Varas

La función está dirigida para un público adulto y se llevará a cabo este jueves 23 de julio a las 18:00 horas en la Sala CAMM. La entrada general tiene un valor de $8.000 y se puede adquirir aquí.

Diario Puerto Varas