El cambio de hora en niños en Chile puede generar alteraciones en el sueño, irritabilidad y cansancio durante varios días. Especialistas advierten que este ajuste al horario de invierno impacta los ritmos circadianos y recomiendan acompañar la adaptación con rutinas estables, además de consultar si los síntomas se extienden por más de dos semanas.
Este sábado 4 de abril, gran parte de Chile atrasará sus relojes para dar inicio al horario de invierno. Aunque parece un cambio menor, especialistas advierten que puede provocar desajustes en el sueño y en la rutina diaria de los niños, afectando desde sus horarios de descanso hasta la organización de sus actividades cotidianas, con posibles repercusiones en su ánimo y rendimiento.
Según explicó Aline Orellana, directora del Centro de Atención Psicológica (CAPSI) de la Universidad UNIACC, “los ritmos circadianos están sincronizados por la luz natural, y cuando se modifica la hora, se genera un desajuste entre el reloj social y el reloj biológico, lo que puede provocar irritabilidad, desgano, dificultades de concentración y cambios en el ánimo”.
A juicio de la especialista, estos ritmos circadianos regulan procesos fisiológicos como el sueño, la secreción de hormonas, la temperatura corporal y el estado de alerta. “En los niños, al atrasar o adelantar el reloj, su cuerpo no lo sabe. Por ejemplo, al anochecer antes según el reloj social, el cerebro empieza a producir melatonina más temprano, preparando al niño para dormir cuando todavía está cenando, jugando o haciendo tareas”, agregó.
En este sentido, indicó que “los niños son especialmente vulnerables porque, a diferencia de los adultos, sus ritmos circadianos son más rígidos y pueden tardar más en adaptarse a la nueva rutina. Los niños requieren estructuras diarias predecibles para sentirse seguros, por lo que cualquier alteración puede afectar su bienestar”.
Durante los primeros días del cambio de horario, los niños pueden presentar dificultades para dormir, cansancio e irritabilidad. “Cada niño tiene un ritmo único y distinto de adaptación. Los bebés de 0 a 2 años pueden tardar hasta dos semanas en ajustarse, los preescolares entre 5 y 7 días, y los escolares de 6 a 12 años, entre 3 y 5 días”, detalló. Por eso, advirtió, que “este es un proceso de ajuste y adaptación que requiere tiempo. Exigirles que rindan y funcionen como lo hacían antes del cambio puede generar más dificultades durante este período de adaptación”.
La intensidad y duración de los síntomas son señales claves para los padres. Orellana sostuvo que “si la irritabilidad, el desgano o los problemas de concentración se agudizan o si luego de dos semanas los síntomas persisten, afectando la vida social, familiar y escolar, entonces es pertinente consultar a un especialista del área de salud”.
Además, los cambios de ánimo están directamente relacionados con el desajuste del sueño. “La oscuridad más temprana activa antes la melatonina, generando somnolencia y bajo ánimo por la tarde. Si el niño se despierta antes de lo que su cuerpo necesita, acumula deuda de sueño que se traduce en irritabilidad y desregulación emocional durante el día”. Dormir bien, añadió, mejora la atención, la función ejecutiva y la gestión emocional, mientras que la falta de sueño impacta directamente en el comportamiento y el desempeño diario.
Para facilitar la adaptación, la psicóloga infanto-juvenil de la UNIACC entregó recomendaciones concretas: “Unos días antes del cambio, se puede adelantar progresivamente la hora de acostarse y despertar, en intervalos de 10 a 15 minutos diarios, y en lo posible, salir al aire libre unos minutos en las primeras horas del día, para que el cerebro reciba luz y comience a ajustarse al nuevo horario”.
“Es importante evitar siestas largas después del colegio, mantener rutinas estables, desactivar pantallas al menos dos horas antes de dormir y usar luz cálida en la noche” añadió.
También precisó que algunos niños son más sensibles a estos efectos, especialmente aquellos con dificultades previas de sueño, ansiedad o rigidez en sus rutinas diarias. Esto incluye a quienes presentan trastornos de sueño más severos, sintomatologías ansiosas o problemas en la regulación emocional, así como a niños cuyo perfil neurológico hace que tengan menor flexibilidad ante los cambios. “Si bien estos niños requieren más anticipación y acompañamiento, no significa que el cambio sea imposible de manejar”, aseguró la profesional.
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