A tan solo un mes y medio del retorno presencial y el cansancio, agotamiento e irritabilidad se puede apreciar en toda la comunidad educativa. Y no es de extrañar, finalmente, tras pasar dos años bajo confinamiento y medidas restrictivas en materia de sociabilización, la manera que teníamos de relacionarnos se vio fuertemente afectada. Lo peor de todo, es que el botón de cuenta regresiva de esta bomba arrojada al sistema educativo ya se activó.
Columna de opinión
18.04.2022
Por Nadia Garcés Montes
Profesora
Generalmente el comportamiento que se observa a la fecha entre estudiantes, profesores y profesoras, apoderados y apoderadas, responde al desgaste propio de un año académico y se aprecia en los meses de noviembre y diciembre. Cada equipo directivo sabe utilizar estrategias para abordar, dentro de sus posibilidades y distintas realidades, estas reacciones naturales después de exhaustivas jornadas pedagógicas. Sin embargo, esta sensación de cansancio y agotamiento se encuentra exacerbada y no precisamente en los meses próximos a culminar el año escolar, sino a tan solo 50 días de haber comenzado este retorno presencial.
Ante ello, episodios de violencia y acoso entre estudiantes ha sido una de las señales más fuertes. No obstante, también existe una respuesta intrínseca a este proceso que hasta la fecha ha entregado gatillantes de preocupación para medios de comunicación u redes sociales, pero que resultan evidentes para quienes se encuentran a borde de cualquier proyecto educativo: el cansancio físico y mental de las personas que trabajan en un establecimiento educacional. ¿Cuánto más podrá aguantar un colega cubriendo cursos de manera interrumpida? ¿Quién compensará las horas de colación que la colega de historia o educación física se saltó por tener que terminar el trabajo administrativo propio de la burocracia del sistema? ¿Cuánto más podrán aguantar los equipos directivos sin los y las profesionales que faltan en su cobertura curricular por falta de competencias de gestión de las entidades garantes?
Sin duda son preguntas complejas pero necesarias de analizar con el profesionalismo que se requiere. El retorno abrupto trajo consigo secuelas preocupantes y aterradoras que deben ser tratadas con urgencias, de lo contrario, y como en casi todas las decisiones erradas, quienes serán los y las responsables de vivirlas serán nuestros niños, niñas y adolescentes que, en vez de sentir su escuela como un espacio seguro y amigable, lo enfrentan como un campo de batalla entre quienes no han sido capaces de prevenir las obviedades del sistema educativo.